Blog Arrobitis

En el nombre está el origen

Por Marcela Fabiana Mas
Publicado en Lectura Lacaniana: 6 julio, 2013

Una voz familiar, un olor, una textura, un sabor,  capturan recuerdos de la infancia. ¿De la infancia?, ¿se tratan de hechos “reales” ocurridos en la niñez?

Freud, en la nota 39 del historial de El hombre de las ratas señala que los recuerdos se forman en la juventud y  son formaciones de la fantasía para “borrar la memoria  de su quehacer autoerótico”  

En el siguiente texto, una voz  familiar detiene a la protagonista en su marcha apresurada despertándole  un miedo  infundado,  llevándola a  recuerdos de las tardecitas de su infancia acompañados de cuentos de misterio, de  un lugar sombrío y oscuro. Lo  oscuro y sombrío que se  trata evitar y  que a la vez  ejerce una extraña atracción…

Florencia Vidal Domínguez.
 

En el  nombre está el origen

Por momentos el recuerdo de esa mañana me perturba. Había comenzado  sin sobresaltos sumergida  en la más rotunda rutina; un café, unas tostadas y a la calle.

Como siempre me encaminé hacia la estación, con esa expresión somnolienta que suele disiparse conforme avanzan las horas, y ese paso que no logro apresurar a pesar de la tardanza.
Aún aletargada, me di  cuenta  de que algo raro sucedía a unos cuantos metros de donde me hallaba.

Movida por la curiosidad, y en contra  de la notable evidencia que marcaba el reloj, me acerqué hasta ese punto que tenía concentrada tanta gente.
Mientras avanzaba oía los gritos de un hombre, pero no alcanzaba a entender claramente qué  decía.  Por un momento dudé en acercarme; una extraña sensación se acrecentaba, algo así como un miedo infundado. Pero, ¿qué me hacía avanzar?
Ya era un hecho: llegaba tarde al trabajo.
Una persona práctica hubiese vuelto sobre sus pasos y a la carrerita se hubiese ido a buscar el subte. Pero no, no lo hice.                                                                                                                             Esa voz se me hacia familiar. Acabo de darme cuenta que me equivoco al escribir esta última palabra, familiar.
Familiar… efectivamente lo era.

Gritaba cada vez con más ímpetu lo que llamaba “la verdad”.  Ahora sí,  estaba de lleno fascinada por la sonoridad de esa voz, tratando de discernir entre mis recuerdos.
Con amabilidad, aunque con algún que otro empujón, logré acercarme lo suficiente como para verlo.
Su aspecto daba temor. Tenía una barba que seguramente no cortaba desde hacía varios años. Sus ropas estaban roídas y sucias. Los ojos le brillaban con una intensidad inusitada.
Movía las manos sin cesar, y fue entonces cuando vi una cicatriz en una de ellas.  Parecía la cicatriz de una quemadura, bastante amplia y repugnante.
Cuando volteó hacia mí, vi su rostro también quemado.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. El que gritaba no era otro que Paco, el almacenero que vivía en la esquina de la casa de mis abuelos.
Se me ocurrió una pregunta tonta frente a la irrefutable evidencia: ¿no había muerto?
Paco estaba allí, había logrado salvarse de las llamas que acabaron tanto con el almacén como con su vida.

De pronto recordé una tardecita en la que mi abuela me pidió que fuera a comprar algo al almacén de la esquina.
Quizás parezca una simpleza, pero los niños del barrio no íbamos de buena gana hasta allí.
Solíamos contarnos historias “verdaderas” de lo que Paco hacía en el almacén.
Algunos, los más atrevidos, iban a espiar a la hora de la siesta y nos traían sus crónicas aventureras.
Oscar decía que había visto cuando Paco escondía un paquete extraño en la heladera, otros decían que por las noches mataba gatos y los cocinaba, pero ese dato no podía ser verificado: ninguno de nosotros teníamos un gato al que echar de menos.
Innumerables y sórdidas historias infantiles rodeaban su nombre.
El pedido de mi abuela era bastante sencillo, tenía que traer  un paquete de azúcar y unos bizcochitos.
Mis quejas no lograron conmover su argumento: era el único lugar que estaba abierto.         Bufando estruendosamente salí de su casa y me encaminé hacia ese lugar tan temido.
Al acercarme sentía cómo me invadía el miedo. ¿Y si era cierto lo que contaban?
Debía concentrarme en las palabras de mi abuela: “un paquete de azúcar y bizcochitos. No tardes mucho que ya viene tu abuelo.”
Finalmente llegué hasta la puerta, miré para todos lados y no hallé a ninguno de mis amigos. La puerta rechinó como en las películas. Pisé el umbral y de pronto un olor nauseabundo me invadió. Las paredes del almacén estaban manchadas de humedad. Era un tanto oscuro a pesar de la hora.
En la vidriera se veían botellas de todos los colores. Sobre la pared que estaba detrás del mostrador había latas de conservas, de galletitas y una extraña muñeca negra.
Mientras miraba de soslayo, Paco corrió la cortina que dividía el negocio de su casa.
Lo miré aterrorizada sin poder  recordar el simple encargo.
Paco preguntó al menos dos veces qué quería. Salí de ahí corriendo y me caí unos metros antes de llegar a la casa de mi abuela.
Me ha quedado un recuerdo en la rodilla de aquella vez, aunque no puedo recordar, por más que me esfuerce, qué fue lo que la abuela me dijo al volver.

Treinta años después volví a oír esa voz cascada. Esta vez no le gritaba a los niños que iban a golpearle la vidriera.
Su rostro estaba completamente desencajado y agitaba sus manos mientras transmitía su mensaje: “¡En el nombre está el origen! ¿No lo ven? No hablen mal de mí. El Señor es mi testigo. ¡En el nombre está el origen!”
Una ambulancia no tardó en llegar, llevándoselo a pesar de sus forcejeos.
Llegué a la oficina con al menos cuarenta minutos de retraso, una frase y un sentimiento de extrañeza.
“En el nombre está el origen.” Pero,  ¿a cuál se refería?
Aún sigo buscando la respuesta.
Marcela  Fabiana Mas

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario