¿Qué es el cuerpo?

El masoquismo femenino y los estragos del amor

Por Silvia Elena Tendlarz
Publicado en Lectura Lacaniana: 17 agosto, 2016

En el presente artículo Silvia Tendlarz parte del concepto “masoquismo femenino” propuesto por Freud en “El problema económico del masoquismo”,1924. En la conferencia “La femeneidad” de 1933 dirá Freud: “Masoquismo es auténticamente femenino”.

Hace un recorrido de este concepto por diferentes psicoanalistas para concluir con una articulación entre Freud, Lacan y Eric Laurent.

Va a relacionar el masoquismo con el estrago que puede producir el amor en la mujer.

E. Laurent hace un desplazamiento del concepto de masoquismo al de privación. El “ser todo para un hombre”, “dar todo al ser amado” estaría mas del lado del más allá del principio de placer. Dirá que el exceso de privación al que conduce el amor en las mujeres puede ser tomado como masoquismo femenino. La salida femenina la plantea por fuera de la dialéctica entre el ser y el tener.

Lacan habla de un goce de la privación. Prefiere utilizar el término de “estrago” al del masoquismo para referirse al efecto que un hombre puede tener sobre una mujer  y sostiene que el masoquismo femenino esta en la posición de la mujer al consentir al fantasma de un hombre= dedicar su tener en “ser amada”.

El sufrir dirá para concluir S.Tendlarz no esta en relación al masoquismo sino como estrategia frente a la falta.

Florencia Vidal Domínguez

 

 

El masoquismo femenino y los estragos del amor

El concepto “masoquismo femenino” planteado por Freud en “El problema económico del masoquismo” (1924) encontró una amplia repercusión en el medio psicoanalítico posfreudiano. Las diferentes teorizaciones desataron polémicas que se inscriben en lo que Lacan denominó la “querella del falo”. Para Freud designa “una situación característica de la feminidad, vale decir, significa ser castrado, ser poseído sexualmente o parir” . Retoma así a Krafft-Ebing, que plantea la subordinación natural de la mujer al hombre y su particular posición en las funciones reproductoras: el masoquismo es una de las características de la mujer, que en algunos casos se vuelve patológico. Lacan rechaza esta perspectiva y afirma en diferentes oportunidades que se trata de un fantasma masculino que, llamativamente, fue desarrollado por las mujeres analistas del círculo freudiano. “Hay sin duda allí -dice- un velo que tapa los intereses de ese sexo y que convendría no alzar demasiado de prisa“.

¿Qué lugar otorgarle al llamado “masoquismo femenino” en la vida amorosa de las mujeres?

1.- El masoquismo, ¿clave de la feminidad o fenómeno cultural?:

Helene Deutsch y Karen Horney

En 1924, Helene Deutsch publica el primer libro sobre la sexualidad femenina que aparece en el medio analítico . Desde entonces, define a la feminidad como una mezcla de pasividad, narcisismo y masoquismo. Esto no le impide identificar a la maternidad con la feminidad como respuesta a la pregunta de ¿qué es ser una mujer? Sus estudios sobre este tema son nítidamente autobiográficos. El modelo de cómo ser una mujer que propone, recorta episodios de su vida amorosa y sexual y los generaliza. Transforma el sufrimiento que experimentó en su relación con el dirigente socialista Lieberman en el paradigma del ser femenino. El masoquismo es, a su entender, “la más fuerte de todas las formas de amor” . No obstante, esta defensora a ultranza del masoquismo, nada tiene de masoquista, lo que no le impide construir un universal femenino.

En su primer libro plantea la doble identificación de la niña: fálica y sádica con el padre, de sufrimiento anal pasivo con la madre. En la relación sexual prevalecerá la concepción sádica del coito que conlleva una identificación con la madre, víctima masoquista del padre. En cada uno de los momentos relativos a la función de la reproducción se manifiesta un placer masoquista. El parto es descrito como una “orgía de placer masoquista” -frase que se volverá el blanco de burla irónica de Karen Horney-.

Sistematiza su punto de vista en “La importancia del masoquismo en la vida mental de la mujer” (1930), incluido luego como capítulo en su segundo libro sobre la sexualidad femenina (1945). La primera identificación infantil con la madre siempre es masoquista. A continuación, la identificación fálica al padre forma parte del devenir femenino de una mujer. En un tercer tiempo, al confrontarse con el Penisneid, surge una regresión libidinal hacia el masoquismo que se traduce en la frase: “Quiero ser castrada por mi padre”. Esta relación con el padre también es primordialmente masoquista. “Según mi opinión -dice Helene Deutsch- este viraje hacia el masoquismo es parte del “destino anatómico” de la mujer, determinado por factores biológicos y constitucionales, y funda el ulterior desarrollo de la feminidad”. La identificación secundaria, viril, con el padre, es resultado de la huida frente a la identificación masoquista con la madre. Otro destino posible es la frigidez como persistencia de la reivindicación fálica.

Karen Horney, ferviente opositora de Helene Deutsch, critica esta orientación extraída exclusivamente de la diferencia sexual anatómica, pues deja de lado los factores culturales que hacen que una mujer acepte ciertos maltratos.

El masoquismo como verdadera naturaleza de la mujer o como puro efecto cultural no se refiere a la perversión masoquista. Helene Deutsch se extravía al confundir los estragos del amor y las peripecias de la relación de la mujer con su propio cuerpo con el masoquismo; Karen Horney se olvida que si bien la mascarada que una mujer propone resulta de lo simbólico, este artefacto recubre un goce que se extrae de la posición de un sujeto frente a la diferencia entre los sexos.

2.- Masoquismo y Penisneid: Sandor Rado y Jeanne Lampl de Groot

Sandor Rado encara el problema del masoquismo femenino a partir de su relación con la “angustia de castración”. Plantea la siguiente secuencia. En un primer tiempo encontramos una “fase genital amorfa del yo”; luego se produce una captación de la diferencia sexual anatómica, vivenciada como traumática, que conduce a la búsqueda de una posición genital femenina. Las dolorosas fantasías de castración pueden ser utilizadas en el deseo de encontrar placer sufriendo. La nueva posición genital puede ser construida -a partir de factores constitucionales- de manera tal de obtener placer en sentirse castrada, vale decir, en forma masoquista. Este masoquismo no es normal -como lo plantea Helene Deutsch- sino patológico. La identificación masculina -a través de la creación de un “pene ilusorio”- es una formación reactiva del yo contra los impulsos genitales masoquistas reprimidos. Plantea un Penisneid secundario al complejo de Edipo -punto de vista opuesto al de Freud.

Al reunir en un libro (1934) las conferencias que dictó en New York en 1931, Rado conocía ya los artículos de Freud sobre la feminidad publicados durante esa misma época. No obstante, omite citarlos y tomar una posición frente a ellos. Jeanne Lampl de Groot se erige como la defensora del pensamiento freudiano y critica duramente el libro publicado en Viena en 1934. Sostiene la articulación freudiana Penisneid-complejo de Edipo; rechaza reemplazar la fase fálica por una fase amorfa genital del yo; y finalmente, critica la teoría de Rado en la que plantea que la angustia proviene siempre de una fuerza pulsional masoquista, concepción que originará su ruptura con Freud.

Al año siguiente de publicar esta crítica, Jeanne Lampl de Groot escribe su propio artículo sobre el tema del masoquismo: “Masoquismo y narcisismo”. El daño narcisista que emerge del Penisneid produce la idea de que a la niña le quitaron el pene. Compensa esta decepción a través de la ganancia de un placer masoquista obtenido a través de la representación del castigo. Logra evitar así un displacer mayor producido por el daño narcisista. Esta afirmación fue esbozada ya en una pequeña nota al pie de página, como resultado de una comunicación personal con Freud, de un artículo anterior -“Inhibición y narcisismo”-: “es más difícil dominar una herida narcisista que sufrir fantasmas masoquistas sobre el hecho de ser castrada”.

El “debate del falo” se encuentra nuevamente presente en esta polémica en torno al narcisismo. Rado desestima la búsqueda freudiana de un operador simbólico que de cuenta del Penisneid, y se extravía en su explicación de la angustia en su conexión con el masoquismo. Jeanne Lampl de Groot utiliza el concepto de masoquismo en términos puramente descriptivos por lo que plantea a la “mascarada masoquista” como un refugio narcisista. Pero la castración es una operación simbólica, no un sufrimiento masoquista, es condición de posibilidad de tomar una posición sexuada, no un paliativo frente a una falicidad imaginaria.

3. Los estragos del amor en las mujeres

En un breve artículo, “La sutileza de un acto fallido”, Freud examina un olvido. En ocasión del cumpleaños de Dorothy Burlingham, Freud envía a un orfebre una pequeña gema muy valorada por él para que le haga un anillo. Pero en la pequeña nota que acompaña al envío de la gema Freud tiene un lapsus en el cual repite dos veces la palabra “para”. Al hablar de este lapsus con su hija Anna, Freud cae en la cuenta de que ya le había dado anteriormente un regalo similar. La objeción no recae sobre la misma palabra sino sobre el mismo objeto.

No obstante, Freud decide dar un paso más en el análisis de este lapsus y descubre que en realidad buscaba un motivo para no enviar esa gema puesto que le gustaba mucho y no quería desprenderse de ella. Concluye que su reticencia no hace más que realzar el valor del regalo. Dice: “¡Qué sería un regalo que a uno no le pesara un poquito!”.

En este ejemplo Freud enlaza el amor a la donación de un objeto. ¿Qué es lo que da valor a ese objeto? El hecho de que Freud se priva de él, y al hacerlo en realidad le otorga a través de su falta un signo de amor.

Ahora bien, el amor, definido como dar lo que no se tiene, incluye la dialéctica de la oblatividad en la relación entre los sexos. Al analizar la relación del sujeto al objeto anal, Lacan plantea la oposición dar-no dar como paradigma del amor. El dar se enlaza a la demanda del Otro y se vuelve por este derrotero un signo de amor. El amante da su falta y transforma al objeto en objeto amado. La metáfora del amor sólo se produce cuando el amado se sustituye al amante y puede también dar su falta.

Si se tratara exclusivamente de dar la propia falta, el resultado de la relación con el partenaire se reduciría a la posición particular del sujeto frente a la castración. Pero la castración invocada es la del partenaire, para lograr, a través de este derrotero, “devenir su falta”: hacerse amar. De allí que esta dialéctica también incluya su contrario: la voluntad de no dar como respuesta a la demanda de castración del partenaire.

La psicología del rico, descrita por Lacan, introduce la dificultad de quien en nombre del amor da lo que tiene, y al hacerlo, contornea la operación del amor suturando la falta y degradando el deseo en demanda. Maniobra típica del obsesivo que produce como efecto la mortificación del partenaire: apunta a la destrucción del deseo y a la inclusión del objeto en su metonimia fálica.

La tensión entre la “voluntad de no dar” y la falta invocada en la demanda de amor conduce a lo que Eric Laurent denominó el “potlatch amoroso”. En nombre del amor uno de los partenaires se mimetiza con la falta en ser y comienza a elevarla a la dignidad del bien requerido. El sujeto se introduce en el sendero de dar lo que no tiene, enalteciendo su posición de amante a la espera de suscitar en el partenaire una reacción similar y obtener un signo de amor.

Eric Laurent analiza la situación de la mujer en posición de ser todo para un hombre, sin tomar en cuenta la indignidad del hombre en cuestión. Explica que en cuanto se rompe la común medida fálica (el “límite normal”), se franquea una zona que conduce a los confines del más allá del principio del placer. Esta zona, “se presenta como una especie de placa movediza, en la que el sujeto avanza cada vez más lejos en la vía de ser “dar todo al ser amado”, “ser todo para él”, vía en la que el sujeto intenta, en nombre del amor, transformar su tener en ser: “dar todo para ser todo” en lo que podemos llamar el potlatch amoroso, en homenaje a Marcel Mauss. Al avanzar en esta dirección se produce un equilibrio en la balanza. El sujeto puede darse cuenta que ya no es más nada para el otro, que es un desecho maltratado, y se encuentra vacío”. Así, lo que se pretendía una experiencia de amor para la felicidad eterna de los amantes puede revelar un reverso de sufrimiento, de tortura desesperanzada, de dolor y tristeza frente a la promesa de unos sueños que mostraron su fracaso.

El potlatch amoroso revela que la ausencia de una justicia distributiva incluye los estragos del amor, su desvarío, el infructuoso sendero que no conduce a ninguna parte. A la salida, la pregunta que anima esta búsqueda pierde su razón de ser y sólo resta la prisa de una conclusión inesperada.

4.- Reflexiones finales

Eric Laurent señala que en numerosas oportunidades el exceso de privación al que conduce el amor en las mujeres puede ser tomado como masoquismo femenino. Establece así un desplazamiento del concepto de masoquismo al de privación.

En El Seminario, libro 4 Lacan define a la privación como una falta en lo real -cuando en lo real no falta nada-, efecto de lo simbólico. El objeto faltante es el falo simbólico y el agente es imaginario. De allí que la privación define a la castración femenina en la medida que sólo puede faltarle un objeto simbólico. Años más tarde, en El Seminario, libro 17, Lacan plantea el “goce de la privación” en el sujeto en posición femenina.

La castración masculina confronta al niño con la posible pérdida de lo que tiene: debe fabricar su ser con el peso de esta amenaza. En cambio, la niña, no tiene nada que temer, la castración está realizada. “El goce de la privación -dice Laurent- es ese punto: fabricarse a partir de la sustracción del tener”. Esto tiene sus efectos en la vida amorosa: las mujeres, al quedar presas del “potlatch amoroso”, en su esfuerzo por hacerse amar, por ser el objeto amado, están dispuestas a sacrificar su tener. Por ello Lacan prefiere utilizar el término de “estrago” al del masoquismo para referirse al efecto que un hombre puede tener sobre una mujer: “El hombre para una mujer es todo lo que ustedes gusten, un dolor peor que un síntoma, incluso un estrago”.

Esta perspectiva permite analizar en otros términos artículos tales como el de Annie Reich -“Una contribución al psicoanálisis de la extrema sumisión en las mujeres” -, que se interrogan acerca del goce sexual que puede experimentar una mujer que mantiene una relación “masoquista”, sumisa, con el hombre que ama. El lazo masoquista no es una condición del amor -como lo postula Helene Deutsch-, sino que la demanda de amor puede hacer que una mujer se preste a perder su tener para volverse la falta del partenaire, su objeto amado. La pantomima sufriente, descriptivamente masoquista, no debe confundirse con esta operación que apunta a producir la metáfora del amor.

El masoquismo femenino no es biológico, constitucional o cultural, tampoco depende de los avatares del narcisismo, ni es una defensa contra la diferencia entre los sexos. Plantearlo como un fantasma masculino nos permite aprehender la particular posición en la que queda una mujer al consentir al fantasma de un hombre -sin confundirse con él- y dedicar su tener en “ser amada”. Esta demanda de ser permite contornear la propia falta. Después de todo, el refugio del amor extiende un velo sobre la castración. O por lo menos, ese es el secreto anhelo que impulsa este esfuerzo. La salida -según Laurent- se encuentra fuera de esta dialéctica entre el ser y el tener. Se trata de ser el Otro para un hombre, que no se define por tener un objeto sino por ser el Otro sexo, alteridad que abre las vías de un goce no fálico, que interroga al hombre y divide a una mujer. La consecuencia de ello puede ser una mujer que matice su exigencia de castración –al modular su posición de objeto en el fantasma del hombre-, y un hombre que no se presente ya como impotente frente a la demanda de amor de su partenaire.

Sufrir por un hombre no es la expresión del masoquismo femenino, expresa más bien una estrategia frente a la falta, que sostiene la adoración de un “amante castrado o un hombre muerto”. Cuando el velo se corre y emerge el objeto de goce que mantiene este escenario, el ideal queda entre las bambalinas, y la mascarada masoquista desaparece con el decorado. Tal vez entonces una mujer invente otra forma de amar…

 

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