¿Qué es lalangue?

El Insulto

Publicado en Lectura Lacaniana: 31 julio, 2015

El insulto

El insulto es el efecto y la acción que proviene del verbo insultar, que deriva etimológicamente del vocablo latino “insultare”, que a su vez procede de “saltum” con el significado de saltar agresivamente o asaltar. El prefijo “in” le agrega la connotación de ser dirigido a otra persona. Por lo tanto un insulto es un salto o desafío hacia otro, agrediéndolo, sobre todo, de modo verbal. El insulto es una aseveración dolosamente realizada para herir u ofender a alguien en su sensibilidad. Una misma palabra puede ser o no usada como insulto dependiendo de las circunstancias. Los insultos también, en menor medida, pueden ser realizados mediante gestos u acciones, por ejemplo: “haber venido con tu novia a mi fiesta, sabiendo que es mi enemiga, y habiéndote aclarado que no estaba invitada, es un verdadero insulto”.

El insulto tiene siempre una connotación negativa, y en algunos casos, puede constituir la configuración del delito de injurias o el de calumnias, cuando son adjetivaciones mentirosas, las descalificaciones que la víctima recibe, o que intentan descalificar al otro sin motivo real, agrediendo su dignidad humana de un modo grave.Se puede insultar a alguien haciendo alusión a su raza, religión, sexualidad, condiciones físicas o mentales, en general acompañadas de las llamadas “malas palabras”.También puede dirigirse el insulto no en forma directa sino a otras personas allegadas íntimamente a la víctima, como su madre, padre, hijos o hermanas.

Ciertas palabras pueden sonar a insulto en algunos idiomas y en otros tener un significado totalmente inofensivo, lo cual puede llevar a confusiones y mal entendidos.

 

“Primera y última palabra”

                                                                 “maldita perra…”

Así se refiere Lacan al insulto, dice que resulta ser del diálogo “tanto la primera como la última palabra”. El insulto genera una reacción y, en el fondo “el insulto es el esfuerzo supremo del significante para llegar a decir lo que es el otro como objeto a”, dice Jacques A. Miller en “El banquete de los analistas”. Allí señala que se apunta, vía el insulto, al otro en el lugar de lo indecible, “allí en donde el ser mismo excede las posibilidades de la lengua. Por eso el insulto es un intento de decir la cosa misma para tratar de circunscribirla como objeto a, y de este modo atrapar al otro, aislarlo y atravesarlo en su ser ahí, en su Dasein, en la mierda que es”.

El Otro desfallece como lugar del significante, emerge el ser del sujeto como a, de modo que del fondo de la lengua surge un significante, el insulto, el cual intenta cernir el momento de lo indecible, como lo propio del sujeto. Se liga a un afecto y adviene cuando no hay más palabras para decir, sólo la cólera.

La siguiente viñeta da cuenta de qué modo el insulto emerge por el agujero de la forclusión del Nombre del Padre , ese agujero que “habla y que tiene efectos del significante”:

Eloísa es traída a consulta por su madre y la pareja del mismo. La angustia de la madre está en relación a los cortes que esta niña de once años se hizo en ambos antebrazos en el mismo día en que solicita la consulta. La madre reconoce que insulta a su hija, a veces desmedidamente, pero sitúa que suele ser algo natural en el trato que tiene para con ella, no pudiendo evitarlo. Eloísa dice que su último corte sucedió porque su madre la insulta, y esto a ella le hace sentir que no sirve para nada. Dice “me siento el insulto mismo, la maldita perra”. Al preguntarle por su primer corte, refiere una escena a sus nueve años, en donde su madre, estaba hablando por celular y de repente comienza a gritar, arroja el teléfono al piso y la ata en su cama, de pies y manos. Eloísa aceptó ser atada porque sentía miedo, mientras su madre repetía “matanza a la maldita perra, te voy a cortar la vida”, mientras le pasaba por la frente una cuchilla. Luego, su madre toma nuevamente el celular y, Eloísa pudo escuchar cómo su madre habló otra lengua, a su decir, “era la lengua demoníaca que cambia la voz e insulta”. Repetían su madre: “vamos mi amor, vamos al juego de cortar la vida a la maldita perra”.

Un “tú eres eso”, “maldita perra”, aquello que de la boca de su madre da cuenta como “un agujero que no necesita ser inefable para ser pánico”. Eloísa se siente aquello que le viene del Otro. Este Otro nos permite captar de qué modo la cólera surge cuando “las clavijitas ya no encajan en los agujeritos”. En “De una cuestión preliminar…” Lacan plantea que, a menudo, “en el lugar donde el objeto indecible es rechazado en lo real, se deja oír una palabra”.

 

La Blasfemia y la Eufemia

                                                     “¡Por el amor de Dios!”

La blasfemia (del griego «injuriar», y pheme, «reputación») etimológicamente significa palabra ofensiva, injuriosa, contumeliosa, de escarnio, pero en su uso estricto y generalmente aceptado, se refiere a una ofensa verbal o con hechos hacia lo venerado por una religión, o más concretamente, «ofensa verbal contra la majestad divina». A lo largo de la historia han existido leyes contra la blasfemia al considerarla un delito público contra Dios, castigado frecuentemente con la pena de muerte -singularmente en las teocracias-.

Eufemía significa "palabra de buen augurio", su contrario es Blasfemía, que significa "palabra de mal augurio", que no debe ser pronunciada en las ceremonias religiosas. Se llama también en griego eufemía a la acción de evitar las palabras de mal augurio, de donde procede el significado de "silencio religioso". Otro significado es el de "eufemismo", y que se refiere al empleo de una palabra favorable en vez de la negativa que correspondería, por ser de mal augurio. Se evitaban estas voces incluso en los propios textos de las leyes. Por eso se evitaba la palabra muerte. Significa también eufemía elegancia en el lenguaje, alabanza y palabra de elogio. De ahí que se use también en griego la palabra eufemía para denominar la buena fama.

El lingüista Emile Beveniste precisa que en el fundamento de la palabra, yace esta dimensión del insulto y de su sinónimo el reniego. Los asocia para estudiarlos juntos. Destaca que la blasfemia es un proceso de palabra que consiste en reemplazar el nombre de Dios por su ultraje. Por medio de formas significantes profana el nombre de Dios, nombrando su nombre, es posible de ofenderlo o darle existencia. Al respecto, Philippe Lacadée, comentando el texto de “La Blasfemia y la Eufemia”, sitúa que se trata de una “declaración desplazada y ultrajante para una persona o una cosa considerada como sagrada, pues la blasfemia ultraja propiamente el tabú lingüístico: una cierta palabra o nombre no debe pasar por la boca, por la pura articulación que violenta al verbo”. Benveniste señala que la blasfemia o el reniego incluyen al sujeto, pues el reniego es una palabra que se deja escapar bajo la presión de un sentimiento brusco o violento.

Dice “Para comprenderla, y así para ver mejor los resortes de la blasfemia, hay que remitirse al análisis que Freud dio del tabú. "El tabú dice, es una prohibición muy antigua, impuesta desde afuera (por una autoridad) y dirigida contra los deseos más intensos del hombre. La tendencia a transgredirla persiste en su inconsciente; los hombres que obedecen el tabú son am- bivalentes con respecto al tabú." Parecidamente, la interdic-ción del nombre de Dios refrena uno de los deseos más intensos del hombre: el de profanar lo sagrado. Por sí mismo, lo sagrado inspira conductas ambivalentes, como se sabe. La tradición re-ligiosa no ha querido quedarse más que con lo sagrado divino y ha excluido lo sagrado maldito. La blasfemia, a su manera, quiere restablecer esta totalidad profanando el nombre mismo de Dios. Se blasfema el nombre de Dios, pues todo lo que se posee de Dios es su nombre. Sólo por ahí se puede alcanzarlo, para conmoverlo o para herirlo: pronunciando su nombre”. Según Benveniste, La Blasfemia suscita la Eufemia. La Eufemia ofrece un semblante, y desnuda de sentido a la blasfemia. Opera por alusión y en consecuencias difieren mucho, dado que la función psíquica, aclara Lacadée, “se satisface ya que ha habido una descarga, un apaciguamiento”.

 

El epíteto fosilizado

 

 

Epíteto es un término del latín epithĕton, que es de origen griego y significa de más, agregado, puesto al lado. Epíteto es una expresión que, asociada con el sustantivo, lo califica como un apodo, un sobrenombre que adorna el nombre y lo diferencia del nombre, por tanto, son calificativos que se aplican a las personas.

En el “Banquete de los analistas” Miller señala que, de aquello que se trata al estudiar el insulto, es de la relación del insulto con el Nombre del Padre. Diferencia la forclusión del Nombre del Padre en la psicosis, en donde cualquier palabra de la lengua puede funcionar para el sujeto como insulto en lo real, como el significante que acompaña permanentemente al psicótico. En cambio, el neurótico, dirá Miller, busca ese significante en el análisis. ¿Por qué lo busca? Porque tener el Nombre del Padre le impide acceder a él, al tú eres eso. Finalmente, del piropo al insulto, se trata de aquello que se goza en lalengua. Eric Laurent en el Coloquio sobre Sutilezas analíticas dice: “El trauma de lalengua sobre el cuerpo no es algo que se pueda pensar como, por ejemplo, el sello positivo… Cada vez que uno tiene esta perspectiva olvida que el trauma de lalengua sobre el cuerpo no es un significante que se agarra, es más bien el hecho de que hubo siempre, de entrada, la falta del significante que se necesitaba… El troumatisme se puede describir como impacto de lalengua o como defecto radical en lalengua…

Después, todos los signos de ruptura y desarticulación cuerpo-lengua remiten a este trauma fundamental”. El neurótico desconoce su epíteto, aquello que hay en él de fosilizado, el significante absoluto de lo que es como objeto a. Habitar el Nombre del Padre, le otorga al neurótico un nombre propio, y en todo caso, se podrá decir fulano de tal es tal cosa, y no, directamente, “tacho de basura” o “marrana”. Dice Miller, “el nombre del padre protege del insulto, y es lo que hace que uno no se llame por nombres de pájaros (…) sino… ¡pregúntenle a Schreber!"

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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