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El diccionario

Publicado en Lectura Lacaniana: 4 septiembre, 2016

 

El Diccionario es una obra de teatro que pone en escena la vida de María Moliner (1900-1981). Lexicográfica que decide publicar el Diccionario del Uso del Español en los tiempos del Generalísimo Franco. María se licencia en Historia (1921) en la facultad de Zaragoza de Filosofía y Letras, en ese entonces era la única carrera que se dictaba en esa casa de estudios. Una mujer que, a partir de su obra, cuestiona al diccionario de la RAE. Su hijo Fernando le trae de París un libro que cambia su vida profesional: el Learner’s Dictionary of Current English de A. S. Hornby. Ese diccionario inglés, junto con las deficiencias que  detecta en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, son razones suficientes para pensar en la posibilidad de elaborar ella misma su propio diccionario de español.

En el inicio de la obra, María consulta a un especialista neurólogo porque tiene problemas de memoria y fallas en la articulación del discurso. Si bien el médico consideró en un principio derivarla a otro profesional, no obstante desiste y comienza a interesarse en los relatos de la protagonista. Ella le habla de su pasado, sobre cómo conoció a su marido, el físico Fernando Ramón Ferrando, las vicisitudes de su matrimonio, el nacimiento de sus hijos, la depuración a la que fue sometida por los jueces franquistas por su Plan de Bibliotecas para la República y la creación de su diccionario.

No todo es dicho. La muerte de una hija pequeña circula al borde de la palabra y se respira durante toda la función. De eso no se habla. Las palabras no logran recubrir dicha pérdida.

Sola, en su casa, escribe. Su proyecto es un diccionario para todos, transmite la necesidad de la cultura y el lenguaje para ser libres. La escritura del diccionario genera malestar con su pareja, él ansía que termine de una vez con esa obra. Luego de atravesar varias discusiones al respecto, deciden dejar de hablarse. María llega a una conclusión que, tiene todas sus consonancias con una lectura lacaniana de la obra, le dice a su médico: “cuando dejamos de hablarnos fue cuando comenzamos a entendernos”. La obra da cuenta cómo en el mismo camino de su palabra, se encuentra lo desconocido, invisible, en donde la palabra misma deviene piedra.

Un decir que se repite, emerge a lo largo de toda la obra: “yo coso calcetines, ¿qué más podría decir yo?”. Algo de un deber ser dicho como mujer, que sin embargo, se iría resquebrajando ante la insistencia de un hacer inevitable: escribir su diccionario.

“Dos añitos nada más” es un decir con el cual María no sólo intenta serenar a su marido que le reprocha su no parar de escribir hasta altas horas de la noche, sino que dice acerca de ese goce silencioso, enigmático que vira hacia la infinitud, y que escapa a la ley del falo. Escenario de su singular invención, un saber hacer que deviene sinthome.

Y, más allá de las deficiencias funcionales orgánicas de su memoria, y de las lagunas en su discurso, se impone el goce del cuerpo con el que ella escribe. Al respecto cito a Margaritte Duras: “no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo”.

María Moliner fue una de las mujeres más destacadas de las letras españolas del siglo XX. Fue la primera mujer que impartió clases en la Universidad de Murcia en 1924.

 Su diccionario fue texto de consulta para muchos estudiantes y la colocó a las puertas de la Real Academia de la Lengua. Podría haber sido la primera mujer en ingresar en la institución pero su naturaleza femenina y el hecho de no haber cursado estudios reglados de filología fueron algunas de las razones por las que no pudo disfrutar tal honor. El tiempo le daría el merecido reconocimiento.

Las palabras que rescata, reorganiza y da sentido, son las mismas que se irán perdiendo en su vejez a raíz de su senilidad. La obra plasma esta dramática de cómo aquello que vivifica la vida, desde los trazos de lalangue, muta en pérdida. La ironía del malentendido desenhebra toda lógica entre los sexos. Dice al respecto García Márquez: “María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir muchas palabras sin más preparativos. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Era natural, porque María Moliner

tenía un método innato: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida”.

La imagen final de la obra, es la de ella dando el discurso de admisión ante la Real Academia de la Lengua, que rechazó su candidatura como miembro, en medio de un debate intenso plagado de connotaciones sexistas y discriminatorias. Desde el salón de su casa, en donde pasó su vida creando su diccionario y “zurciendo calcetines”, da el “discurso que nunca pronunciaré”.

Una obra para atesorar, que los dejará sin palabras, de la A a la Z.

 

 

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