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“De mujeres y semblantes”

Por Jacques-Alain Miller
Publicado en Lectura Lacaniana: 2 abril, 2013

En este libro Miller nos presenta tres conferencias cuyo hilo temático conductor gira en torno de la elaboración del concepto de semblante.

El concepto de semblante se ubica en un momento avanzado en la enseñanza de Lacan, el título del  Seminario XVIII, concepto que permite considerar con mayor precisión lo real y adentrarnos en los pasos que llevaron a Lacan hacia la topología del nudo borromeo, temas que conciernen a los rasgos de una lectura lacaniana.
Una primera conferencia impregnada de las voces acuciantes que consentían la creación en Buenos Aires de una Escuela de Orientación Lacaniana, en el sentido de Lacan, al mismo tiempo que  Miller en ese mismo sentido elabora  que en la experiencia analítica el analista hace semblante de saber.
Miller puntualiza que en la enseñanza de Lacan la noción de semblante sirve para emplear lo simbólico y lo imaginario conjuntamente en oposición a lo real y no en oposición al ser.
El psicoanalista hace semblante de saber en la experiencia analítica para aprender así algo del paciente, un hacer  que refiere a un hecho  de estructura pues el paciente cuando es invitado a la asociación libre hace él también semblante de saber de qué se trata, cuando ni siquiera tiene la menor idea.
Miller destaca la importancia de tomar como referencia la clínica de las psicosis porque las psicosis desnudan los semblantes.
Introduce el concepto de sujeto supuesto saber como efecto de la asociación libre, como significación de significación, como semblante. Lo diferencia del concepto de Nombre del Padre cuya función como semblante detiene el desencadenamiento delirante del sujeto supuesto saber y reintroduce en la experiencia un no sentido que pone un límite al todo sentido.
Por lo tanto, de la diferenciación del sujeto supuesto saber  y el nombre del padre descubre debajo de la metáfora el vacío del saber.
Alerta a los analistas de creerse el sujeto que sabe que lleva hacia la infautación y la contrapone al deseo de saber.
Habla de la fundación de la Escuela y plantea como soporte lo que Lacan llamó de modo velado la transferencia de trabajo, y dice Miller que si hay una suerte para un sujeto esa es la de poder trabajar en la transmisión  de la enseñanza del psicoanálisis, situando a la Escuela como el lugar hecho propiamente para que los analistas se reúnan alrededor de esa misma hiancia que estructura al acto analítico.
El objeto a es planteado como semblante, como el arco iris del goce como tal luego de la lluvia significante, reubicando de este modo al objeto a en su lugar y tratar lo real a partir de la consideración de Lacan del concepto de los nudos.
En su segunda conferencia define a las mujeres más amigas de lo real dado que no tienen la misma relación a la castración que los hombres.
La posición femenina queda emparentada a la posición del analista, ambas contienen la intuición de que lo real escapa al orden simbólico.
Miller ejemplifica el cinismo femenino a partir de la creación literaria de R. Queneau, “Zazie en el metro”, para mostrarnos cómo Zazie ejerce su denuncia lógica al mundo de los semblantes en toda su extensión. Nos recuerda que Freud no duda en transformar a las mujeres en enemigas de los semblantes de la civilización.
Respecto de la afinidad entre el Psicoanálisis y el principio femenino, en su tercera conferencia define al semblante como aquello que tiene la función de velar la nada y en eso el velo es el primer semblante. Se cubre a las mujeres porque La Mujer no se puede descubrir, por lo tanto, hay que inventarla.
La castración en la mujer, a partir de la puntualización del menos, puede ubicarse en la clínica “femenina” por ejemplo del lugar que toma el sentimiento de injusticia, o de un sentimiento de desprecio. El no tener se sublima en un no tener derecho, o sea, una ilegitimidad que no se encuentra en la clínica masculina con ese peso.
Frente a la posición femenina el ser madre es una solución del lado del tener. Hay otra solución, del lado del ser y consiste en ser el agujero, es decir, fabricarse un ser con la nada.
Es palpable en la clínica “femenina” testimonios de dolor psíquico ligado a un afecto de no ser, de ser nada.
Lacan habla de verdaderas mujeres y toma como ejemplo a Medea, en donde el acto de una verdadera  mujer para Lacan es el sacrificio de lo que tiene de más precioso para abrir en el hombre el agujero que no se podrá colmar. Logra hacer del menos su arma propia en estricta relación a un hombre. Otra modalidad que Lacan conoce es sobre un sin límites a las concesiones, en el sentido del ceder, que una mujer puede hacer por un hombre, de su cuerpo, de su alma, de sus bienes.
Diferencia la mujer fálica como la mujer que tiene y que se constituye del lado del tener, la mujer con postizo, a diferencia de la mujer que se constituye del lado de ser el falo, la cual asume su falta de tener.
Una “mujer verdadera” en el sentido de Lacan hace ver al hombre que el tener es ridículo, (lo cual a veces  para él puede ser su perdición) le permite manifestarse como deseante pues ella asume el menos, pero lo mujer con postizo denuncia al hombre como castrado y no exige de él que sea deseante.
Miller finalmente analiza la función del fantasma en hombres y mujeres hasta llegar al procedimiento del pase, diferenciando allí que para algunos el testimonio de que el psicoanálisis les ha curado de la falta de ser ha sido por la vía de la identificación al síntoma y para otros por la travesía del fantasma.
Para los primeros es por un sentimiento de necesidad que se connota el acceso a lo imposible, para los segundos hay un afecto de libertad que da acceso a la contingencia.
El pase enseña que hay una incidencia de la diferencia sexual en cuanto al fantasma.

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