Ficciones Clínicas

Conversación Clínica. Instituto del Campo Freudiano 2009. Casos que enseñan. Parte VII

Publicado en Lectura Lacaniana: 12 mayo, 2016

Del goce en la clínica

Tres preguntas a Paloma Larena

El goce como exceso no ha cambiado, nos plantea Larena, lo que si es que el sujeto ha ampliado el número y variedad de objetos que usa para taponar los agujeros por donde las pulsiones demandan satisfacción. Proliferación de nuevos objetos señuelos que prometen dicha satisfacción, producidos por el mercado.

El analista no toma el síntoma como el objetivo a reducir y controlar, poniendo en cada caso, uno por uno, su tiempo, su presencia y su palabra, vía el deseo analítico.

Angela Vitale

 

En la IX Conversación clínica veremos un caso en el que hay una reflexión sobre las maniobras que el analista debe hacer en relación al goce del sujeto. Las preguntas que te quería formular son las siguientes:

1) ¿Encontramos en la clínica contemporánea que la relación del sujeto al goce ha cambiado? ¿En qué sentido?

El goce como exceso no ha cambiado en la medida en que concierne al cuerpo, aunque sí se ha ampliado el número y la variedad de objetos que el sujeto usa para taponar los agujeros por donde las pulsiones demandan satisfacción. El mercado capitalista produce cada día nuevos objetos señuelo que prometen dicha satisfacción. Lo que ha cambiado profundamente es el tratamiento que el sujeto hace de su goce en un tiempo en que ni los ideales de la cultura ni el sentimiento de culpa operan como límite. El sujeto contemporáneo está más solo que hace unas décadas para idear o inventar una regulación de lo pulsional.

Por ejemplo, cuando Makarenko escribió su “Poema pedagógico” (lectura recomendable) sobre su experiencia en la dirección de Colonias soviets para adolescentes delincuentes, además de contar con su deseo decidido, pudo echar mano de los ideales soviéticos nacientes en ese momento, ideales de una comunidad humana nueva. Ese semblante del “hombre revolucionario”, a pesar de las imperfecciones y corrupciones ya presentes en el sistema, servían de mínima referencia para la regulación general de la Colonia. A partir  de  ello,  vemos  en  cada  uno  de  los  casos  de  estos  jóvenes,  una relación transferencial con el pedagogo en la que se jugarán los avatares de sus decisiones. Unos años más tarde Aichhorn pone en marcha una experiencia  similar  basada  esta  vez  en  los  principios  del  psicoanálisis aplicado a la educación. Es  posible  que  estemos  en  un  tiempo  de  impasse  de  producciones simbólicas culturales, una cierta escasez, o quizás el relevo lo tomen los movimientos ecologistas.

2) ¿Tiene esto repercusión sobre las formas de entrada en análisis?

El nerviosismo, la irritabilidad general, los ataques de angustia, la desazón periódica, la compulsión de cavilar (Jolie du doute), eran en el siglo XIX algunos  de  los  signos  más  frecuentes  de  demanda  de  terapia  analítica. Freud reunió la variada sintomatología en la llamada “neurosis de angustia”, y los diez síntomas del cuadro clínico que describe son totalmente actuales. El sujeto se queja de un exceso que le invade y queda fuera de su control. En relación a las adicciones, otro de los motivos frecuentes de demanda de análisis, señalar que Freud ya designaba el alcoholismo, el morfinismo o el tabaquismo, como sustitutos y relevos de la “adicción primordial”, la masturbación.  Es  decir  del  goce  que  excluye  el  cuerpo  del  otro.  Estos excesos que traen los sujetos en su demanda son todos ellos índices del malestar, del fracaso en mantener un equilibrio en el ideal del principio del placer. La queja por la falta en ser, la ausencia de deseo, posiblemente por la multiplicidad de objetos de la técnica a nuestro alcance para amortiguar la falta, pasa más desapercibida que el ruido de la hiperactividad.

3) ¿Implica esto para el analista tener que inventar nuevas maniobras en la dirección de la cura?

Los síntomas son el primer tratamiento que el sujeto produce frente al malestar, la diferencia con las otras terapias es que el analista no toma el síntoma como el objetivo a reducir y controlar. Por ello algunos sujetos no buscan un analista sino alguien que les alivie y borre su producción sintomática. Acudirán con menos problemas a una terapia de las muchas modalidades de relajación, o a un consejero-parental que les diga qué cosas deben  hacer  o  pensar,  y  ¡les  de  alguna  palmada  si  no  cumplen!  Los principios psicoanalíticos siguen siendo vigentes y eficaces, que el sujeto quiera saber sobre la causa, sobre lo que hay en el lugar de lo imposible de la relación sexual, y tome a su cargo la cesión de goce correspondiente, mediante su invención propia. El analista pone en juego, en cada caso y uno por uno, su tiempo, su presencia y su palabra, con el único deseo que tiene permitido, el deseo analítico. Es en este sentido, que algunas construcciones de casos nos enseñan lo que el analista ha aprendido de lo particular, a veces de lo nuevo, en relación al saber ya constituido.

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