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Breaking Bad

Por Andrea F. Amendola
Publicado en Lectura Lacaniana: 23 diciembre, 2014

“Elementos de una químca subjetiva”

Bario y Bromo, elementos químicos de la tabla periódica de los elementos. Bario… brea, breaking; bromo… ba, bad, del elemento químico a la química subjetiva, enlaces y desenlaces de la lengua. Del inglés puede traducirse al español como “corrompiéndose” o “volviéndose malo”. Sin embargo, si tomamos la palabra del sujeto que es encarnado por el protagonista, él lo definiría como un “despertar”. Breaking Bad, es una serie de televisión dramática estadounidense creada y producida por Vince Gilligan, narra la historia de Walter White (Bryan Cranston), un profesor de química, padre de un joven discapacitado y casado con una mujer (Anna Gunn) la cual está embarazada. Walt, además, trabaja en un lavadero de coches por las tardes. Cuando le diagnostican un cáncer pulmonar terminal se plantea qué pasará con su familia cuando él muera. En una redada de la DEA organizada por su cuñado (Dean Norris) reconoce a un antiguo alumno suyo, Jesse Pinkman (Aaron Paul), a quien contacta para cocinar y vender metanfetamina y así asegurar el bienestar económico de su familia. En un principio, Walter no cree tenga sentido pagar un tratamiento para tratar su enfermedad, pero su mujer insiste y finalmente él elige acceder. La serie, ambientada y producida en Albuquerque (Nuevo México), se caracteriza por poner a sus personajes en situaciones que aparentemente no tienen salida, lo que llevó a que su creador la describa como un western contemporáneo. La serie se estrenó el 20 de enero de 2008 y es una producción de Sony Pictures Television. Breaking Bad ha recibido una gran aclamación por parte de la crítica y está considerada como una de las mejores series televisivas de todos los tiempos. Walter arriba al “despertar”, abandona una posición de hombre recto y predecible, metódico y escrupuloso para ir detrás de lo que quiere, desvestido de algunos prejuicios morales, serán sus manos en el asesinar las que, juntando en un balde casero las tripas tibias y húmedas de quien se interpusiera en su camino, aquellas estecas artesanas que tallarán el tapiz de una maldad impensada. El bario colorea la llama de un verde voraz e intenso y, el bromo, se estira de rabia desde el naranja hasta el rojo carmín. Ahora bien, ¿cuál es el despertar que ha invadido a Walter? ¿Qué mutación siniestra puede apropiarse de un hombre que, de enseñar en la llana pizarra universitaria los elementos químicos a sus alumnos, se vea compelido indefectiblemente a cocinar el brebaje siniestro, los diamantes enlazados, uno por uno, al origen de su maldad, el arte de odiar cristalizado en una perla, gota mortal a convidar?. Nos dice Umberto Eco en “Construir al enemigo”: “Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, el encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”. Walter construye a sus enemigos y los arrea haciéndoles tragar la química de su odio, enlace subjetivo a una posición y descenlace pulsional sobre el otro, como dice Freud: “el ser humano no es un ser manso, amable (…) es lícito atribuir a su dotación pulsional una buen cuota de agresividad(…) el prójimo deviene una tentación para satisfacer en él la agresión, (…) humillarlo, martirizarlo y asesinarlo”. Y nos esclarece que: “la condición de oponente no coincide necesariamente con la de enemigo; sólo deviene tal cuando se la toma como pretexto y se hace abuso de ella”. Es en “Pulsiones y destinos de pulsión” que Freud ubica al odio como más antiguo que el amor en relación al objeto, el cual nace de la repulsa primitiva del mundo exterior. Se constituye en ese principio activo que genera ese “exterior” a partir de un rechazo original que delimitará las fronteras, siempre vacilantes, con lo “interior”. Al respecto Miquel Bassols en “El odio como vínculo y ruptura” expresa: “La satisfacción de la pulsión, que traducimos con el término lacaniano de “goce” (jouissance) puede ser entonces, ella misma, objeto del odio, del rechazo más radical del sujeto cuando lo experimenta como un goce Otro. Situamos en esta vertiente toda una serie de fenómenos que el término “desinserción” puede muy bien agrupar por los efectos que produce como formas de vínculo y de ruptura. Son los fenómenos subjetivos más paradójicos que encontramos en el odio a lo más querido, en el pasaje al acto de la violencia dirigida a lo más próximo, incluso a una parte del propio sujeto: la violencia llamada de modo tan inapropiado “violencia de género”, la violencia ejercida voluntaria o involuntariamente hacia los niños, hacia los locos, hacia los sujetos que son objeto de la exclusión social, pero también el acto suicida que apunta a tocar la raíz de ese odio en el propio sujeto… En esta vertiente, es cierto, no se promueven grupos o asociaciones fundadas en el odio dirigido a estos objetos. El goce, en su vertiente más intolerable, no promueve el vinculo social sino su ruptura en el retorno más puro de la pulsión sobre el propio sujeto”. De este modo, a la luz de una lectura lacaniana de la serie, podemos decir que Walter da cuenta de qué modo la pulsión se satisface llegando a ser ella misma objeto del odio, cuando el protagonista experimenta ese goce Otro que lo enlaza a una satisfacción en el exterminio del otro y lo desenlaza del vínculo al otro. Algo de esta serie capta a la audiencia, logrando rasgar y producir resonancias en lo propio, estimo que es por ello su éxito, pues lo más íntimamente subjetivo, aquello familiar que deviene ajeno se encuentra latente, al asecho de cómo los borbotones subjetivos escriban su propia química. Aquello que hace del Bario Breaking y del Bromo Bad, lo que enlaza y lo que desenlaza. Una serie para disfrutar con recaudos y advertencias, pues no siempre del enlace químico entre el Bario y el Bromo se llega a un feliz “despertar”.

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