Salud Mental&Locura

Alcohol y drogas: la aspiración a un goce sin límites. Elisa Alvarenga. Parte II

Publicado en Lectura Lacaniana: 21 noviembre, 2014

Parte II: De cómo orientarse respecto del goce específico del toxicómano, ya que no se trata de un goce que pase por el Otro ni por el falo.

Relación en la toxicomanía y en la adicción  con el falo, especificidad en el tratamiento. Imperativo superyoico de un goce ilimitado. ¿De que goce específico estamos hablando en la toxicomanía y que tratamiento posible dar teniendo en cuenta que los psicoanalistas, dice Alvarenga, ”no somos higienistas y operamos tanto con el significante como con el goce”?.
Del deseo del psicoanalista  como aquel deseo de la diferencia, de soluciones singulares.
Alvarenga plantea la posición del analista, aquel que no busca la homogeneidad ni la abstinencia para todos, ya que no se opera solo con el significante, sino también con el goce de cada quien. Al no ser los psicoanalistas higienistas, no se trata de que el sujeto se libere  de sus objetos de goce, sino moderar el goce auto-erótico, con nuevos arreglos de su goce y así una política de reducción de daños, acompañando a cada sujeto en la invención de soluciones parciales.

Angela Vitale

Margarida Assad: Como consecuencia de la pregunta anterior, ¿habría entonces un modo particular de tratamiento para la toxicomanía desde el abordaje que proponen las políticas públicas actuales en los tratamiento del alcohol y las drogas? Aunque no se retiren las adicciones del conjunto de los síntomas, ¿cómo nos orientamos respecto de este goce específico del toxicómano una vez que, como hemos debatido en el ámbito de la AMP, se trata de un goce que no pasa por el Otro ni por el falo?

Elisa Alvarenga: No pasar por el Otro o por el falo implica un corto-circuito del fantasma, lo que nos lleva a pensar que la legalización de las drogas no disminuiría el consumo, aunque incida sobre el tráfico. La descriminalización de las drogas es uno de los puntos más debatidos actualmente, entre los responsables de las políticas de salud y de la elaboración de las leyes.


Descriminalizar puede desinflar el tráfico, pero ¿estimularía el consumo? Sería necesario pensar la cuestión para cada droga, sin generalizar.


En cuanto al tratamiento de la toxicomanía, me parece posible rehacer un lazo con el Otro a partir del objeto que es la droga y del goce que sacrifica el cuerpo. Desde el momento que no se exija del toxicómano la abstinencia absoluta, será posible hablar con él. Este es el principio, creo, de la política de reducción de daños, y ya existen profesionales que trabajan específicamente dentro de esta perspectiva, en los centros de salud, etc. En muchos casos, sabemos que el propio sujeto pedirá su internación y su abstinencia, pero eso no impedirá su eventual recaída. Sin embargo, la internación no debe ser descartada, como tampoco pensada como solución. Muchas veces el tratamiento sólo tendrá inicio en condiciones extremas, cuando el sujeto encuentra el límite de la pulsión de muerte. En otros, lo que funciona como límite es el desencadenamiento de síntomas psicóticos. Según la estructura subyacente, será más o menos fácil reconectar el sujeto al Otro.

En lo que concierne a la política del psicoanalista en el tratamiento del toxicómano, podemos decir que el psicoanalista no busca la homogeneidad ni tampoco la abstinencia para todos. "La salvación por los desechos", título de un texto de Jacques-Alain Miller, nos recuerda que no operamos sólo con el significante, sino también con el elemento de goce. Por eso usamos la categoría de "extimidad", donde se presenta la posibilidad de, con el objeto, conectarse al Otro.

Lo que me parece interesante resaltar es que, nosotros, los psicoanalistas no somos higienistas, o sea, no pensamos tratar al sujeto para que él se libere de sus objetos de goce. Sí pensamos que podemos conectarle al Otro y eventualmente, al inconsciente, y moderar el goce auto-erótico, abrirle el horizonte para que él tenga más oportunidades de elegir, introduciendo una dosis de contingencia en lo necesario del síntoma, pero sólo sabremos lo que es posible uno por uno.

Con la última ensañanza de Lacan, no pensamos en una transformación radical del sujeto, sino en nuevos arreglos de su goce. La operación analítica camina en el sentido del no-todo, en la medida en que descompleta, inconsiste, abriendo la posibilidad de que allí donde el objeto se presentaba apenas en su faz de plus-de-gozar, podamos vaciar o desubstancializar el objeto, tanto cuanto posible, para dar lugar a la falta y al deseo.

Pero como dice Laurent, los objetos no dejan de ser maneras de conectarnos al Otro, y no debemos idealizar una relación con el otro sin los objetos de goce. Por eso no colocamos en primer plano la abstinencia, sino una política de reducción de daños, en la medida de lo que es posible para cada uno, en cada momento. Es en ese sentido que el psicoanalista no propone la homogeneización, ni tampoco la inclusión – a la cual algunos pueden resistir con bravura – sino que acompaña a cada sujeto en la invención de soluciones parciales.

La clínica con el toxicómano, orientada por el psicoanálisis, tiene mejores perspectivas con la segunda clínica de Lacan, continuista, donde las soluciones son graduales, según las modalidades de conexión con el Otro y con la significación fálica. Aquí vale el principio de que el deseo del psicoanalista es el deseo de la diferencia, de soluciones singulares. En una enfermería de mujeres donde muchas son consumidoras de drogas, por ejemplo, se encuentran las más variadas posibilidades, desde aquellas pacientes que usan la droga para ir a trabajar o que se vinculan con el tráfico para tener cómo sustentar a los hijos, hasta aquellas francamente delirantes, desorganizadas.

Entre un extremo y otro, tenemos las figuras de la devastación materna, donde el goce de la droga se articula al goce de la privación, llevándolas a perder todo. De un lado las figuras de la transgresión, donde acting-outs y pasajes al acto resultan una tentativa de convocar un padre que no opera. En otros casos la toxicomanía camina junto con otros síntomas prevalentes de la actualidad, tales como la obesidad mórbida y la depresión. Y hay los casos en que la droga es el medio a través del cual la paciente se identifica al Otro del goce, muchas veces presente en su historia bajo la forma del padre toxicómano o traficante.

Si, como nos propone Miller, el discurso contemporáneo está próximo al discurso analítico, una vez que el objeto a no comanda, el psicoanálisis posibilita la articulación de los elementos que, en la contemporaneidad, están sueltos. El practicante orientado por el psicoanálisis, que tiene la experiencia de su propia diferencia, puede ayudar al sujeto a luchar contra el superyó, por un lado, como imperativo de goce, y por otro, como imperativo de la normatización.

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