Salud Mental&Locura

Alcohol y drogas: la aspiración a un goce sin límites. Elisa Alvarenga. Parte I

Publicado en Lectura Lacaniana: 20 noviembre, 2014
 
En esta I Parte , Elisa Alvarenga plantea que las adicciones son el goce prevalente en la contemporaneidad, a partir de lo que Lacan llamó el ascenso al cénit del objeto a, y que Miller retoma como Un goce que se repite, sin sentido, como acontecimiento del cuerpo. Siguiendo a Miller, usa el término adicción asociándolo al “frenesí del no-todo”, donde hay menor efectividad de la metáfora paterna y pluralización de los S1 y también su pulverización. 
Diferencias entre el tratamiento de la toxicomanía, dando lugar a una pregunta  sobre el sujeto y su función y la adicción a todo tipo de gadgets, comida, compras, sexo, etc.
En la película Shame, Deseos culpables, comentada en nuestro Blog, http://www.lecturalacaniana.com.ar/doc.php?doc=357, el protagonista,  Brandon,  transita por las diferentes adicciones de la subjetividad moderna: adicto al trabajo, a nuevas experiencias sexuales, que pasa su vida con un sinfín de objetos de consumo, que van de la televisión a la cocaína, al porno, al Ipod, a los juguetes eróticos, se podría  considerar a Brandon como un adicto a la adrenalina en general, haciendo foco en la vida sexual hipermoderna.
Miller dice que el paradigma de la subjetividad de nuestro tiempo es la toxicomanía, se asiste  a un tiempo donde la subjetividad tiende a estar orientada por el consumo del objeto, si el objeto es alcanzado, su consumo conduce al sujeto a un modo autista del goce y si no lo alcanza, el sujeto se introduce en una carrera frenética  para conseguirlo, la dificultad para tolerar la falta, la ausencia y el vacío.
 
Carlos García, en su seminario, Problemas actuales para el psicoanálisis: nuevos síntomas-prejuicios del psicoanalista- http://www.lecturalacaniana.com.ar/doc1.php?ult=1&doc=353, hablando del toxicómano y de la adicción dice: “Un toxicómano no es una sujeto, es un yo, es un personaje. Un toxicómano se define por el uso que hace de la droga, es una práctica de satisfacción. Necesariamente deber ser incluida en el charloteo esa práctica. Es una práctica, no hay sujeto toxicómano. El sujeto está representado entre dos significantes: S1—-S—S2. Decir que no es un sujeto es que no está dentro de las leyes del significante, ni del deseo, ni del inconsciente y lo que prevalece es el goce.
 
Eric Laurent, propone cuatro modalidades de tratamiento posibles para el toxicómano, donde con el objeto se tendría el tratamiento de sustitución, a través del objeto es posible reconectar el sujeto al Otro.
 
Angela Vitale
 
 
Margarida Assad: La categoría clínica de la toxicomanía no se encuentra bien formulada. ¿En que categoría podemos incluir a los sujetos toxicómanos¿   Laurent nos viene alertando que el estado actual de la civilización es hedonista e individualista llevando al conformismo de masas. ¿Cómo distinguiríamos a la toxicomanía de este goce generalizado de nuestra época? ¿Habría en esas adicciones algo específico que se particulariza por el objeto droga toda vez que él permite, usando una expresión de Miller, "una insubordinación al goce sexual"?
 
Elisa Alvarenga: Podemos pensar que las adicciones son el modo de goce prevalente en la contemporaneidad, a partir de lo que Lacan llamó el ascenso al cénit del objeto a, y que Miller retoma como Un goce que se repite, sin sentido, como acontecimiento del cuerpo. En sus "Intuiciones Milanesas", Miller usa el término adicción, que él asocia al "frenesí del no-todo", de las patologías en que se valoriza el sin límite de la serie, donde hay menor efectividad de la metáfora paterna y pluralización de los S1 (1+1+1….), y también su pulverización.
 
La diferencia entre los términos de toxicomanía y drogadicción es problematizada por nuestro colega Gustavo Freda. Si el tratamiento de la toxicomanía da lugar a una pregunta sobre el sujeto y la función que la droga puede tener para él, la adicción, dice Gustavo Freda, es un término usado para todo tipo de adicción, sean los tóxicos, sean todos los tipos de gadgets, sea la comida, las compras, etc. Y consecuentemente, lleva a una tentativa de medida y de control. La noción de adicción sería el resultado de una política necesaria para que una terapéutica de la medida pueda tener lugar. No estamos aquí centrados en un sujeto y en su relación con un objeto, sino en la contabilidad de un comportamiento que se puede medir, para trazar un límite entre lo normal y lo patológico. La adictología sería un saber que tiene la ambición de corregir, mientras que la toxicomanía es un síntoma que debe ser abordado caso a caso, sin que un saber anterior venga a dictar lo que se debe hacer.
 
Aunque esta distinción pueda parecernos insuficiente, me parece interesante notar cómo el término "adicción" es de un uso generalizado en las clasificaciones psiquiátricas y en las terapéuticas propuestas, en tanto el término "toxicomanía" siempre fue usado por los psicoanalistas en el abordaje de esos sujetos que, inicialmente segregados, pasaron a ser tratados.
 
Si el fracaso está generalmente presente en el tratamiento de los toxicómanos, no por eso el psicoanálisis desiste de ellos, pues la clínica psicoanalítica se orienta por lo real como imposible, encontrando, en cada caso, las posibilidades.
 
Si Lacan pudo decir que en la toxicomanía hay una ruptura con el falo, creo que podemos pensar que, también en los síntomas contemporáneos está en juego una cierta ruptura con el falo, que está corto-circuitado en función de una relación más directa con el objeto a. El objeto oral, en los síntomas alimentarios; el objeto anal, como objeto de consumo fácilmente descartable; la mirada, presente en las adicciones a internet, a las computadoras y a todo lo que intoxica a través de las imágenes, consumidas por el ojo ávido del espectador; la voz, presente en los pequeños objetos de los cuales tenemos dificultades en separarnos, smartphones, ipods, etc. No obstante, no todas las adicciones son equivalentes, y el empuje a la muerte presente en algunas de ellas de manera explícita, está bastante más atemperado en otras. No solamente una droga no equivale a otra, sino tampoco una adicción es equivalente a otra. Ser adicto al trabajo, en un extremo, pasa generalmente por una identificación fálica, en tanto ser adicto a una droga como el crack, propicia una ruptura devastadora con el goce fálico.
 
Los sujetos que recibimos en tratamiento toleran mal la experiencia de la castración. Tenemos, por un lado, cada vez menos, aquellos que se alinean del lado masculino de las fórmulas de la sexuación, que hacen uso de la significación fálica, y cuyos síntomas se anclan en sus fantasmas. Por el otro lado, tenemos los que, empujados por el discurso capitalista, aliado al discurso de la ciencia, tienen cada vez más posibilidades de goce, inclusive del goce anestésico de los medicamentos.
 
Un nuevo universal, el del derecho al goce, apunta al imperativo superyoico de un goce ilimitado. Hay dos maneras a través de las cuales el hedonismo contemporáneo encuentra sus límites, dice Laurent: por un lado, la satisfacción de la pulsión sin interdicción, sin el límite dado por el falo, que es una función que introduce la falta, está del lado femenino de las fórmulas de la sexuación, como aspiración a un goce sin límites, más allá del principio del placer, pulsión, en última instancia, de muerte. La ausencia de excepción, sea la excepción dada por la función fálica, lleva a una ley de hierro. Si la toxicomanía rompe con el goce fálico, su goce afecta al cuerpo a la manera del goce femenino, no localizado, goce místico. La ferocidad del goce femenino, ferocidad del superyó materno que exige un máximo rendimiento para todos, tiene como límite la propia muerte. Es ahí que podemos distinguir la posición femenina, no-toda, de esa aspiración a la femineidad, para todos, como aspiración a un goce sin límites.
 
La otra manera por la cual el imperativo de goce encuentra sus límites, dice Laurent, es el amor, en la medida en que el amor introduce la falta, un vacío, y que localiza en el Otro el objeto que falta. Una vez que el amor depende del Otro, ese encuentro termina por ser siempre falta, y es ahí que el sujeto puede intentar evitar ese encuentro con la falta aferrándose a un objeto plus-de-gozar, sea en su fantasma, sea a través de un síntoma. Me parece que ahí hay una diferencia entre el objeto plus-de-goce del fantasma neurótico, marcado por la falta fálica, y los objetos de goce ofrecidos en el mundo globalizado, a pesar de que la sexualidad del sujeto neurótico esté cada vez más marcada por modalidades de goce autoerótico.
 
En las toxicomanías, el objeto droga puede operar como un verdadero tapón de la división subjetiva, de ahí la dificultad de conectar el sujeto al Otro. El sujeto buscará tratamiento, entonces, cuando la precariedad de su estado lo aproxima a la muerte, por un lado, o cuando localiza en el Otro el objeto que falta. Laurent propone cuatro modalidades de tratamiento posibles para el toxicómano: con el $, el S1, el S2 o el a. En el primer caso, se trata de dejar el objeto de lado y hacer surgir la división subjetiva, lo que no es nada fácil. En el segundo caso, se trata de identificar el sujeto al toxicómano, de tal manera que él encuentre su S1 ideal en un grupo de ex adictos. En el tercer caso, se trata de, con el saber, intentar "educar" al toxicómano, intentando modificar, tanto cuanto sea posible, su modo de goce. Finalmente, con el objeto, tendríamos los tratamientos de sustitución, y los derechos vinculados al tratamiento, que le darían otros modos de goce. Es a través del objeto, en todo caso, que es posible reconectar el sujeto al Otro.
 
 
 
 

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